martes, 26 de mayo de 2015
INTRODUCCION
Hace años que los centros educativos vienen desarrollando proyectos de educación ambiental. A partir de ese momento, se empezó a desarrollar varias líneas de trabajo, siendo las más importantes la formación y asesoría al profesorado, la elaboración de materiales didácticos y la sensibilización medioambiental de la comunidad educativa. Sin embargo, a medida que iba pasando el tiempo, y a pesar de los proyectos puestos en marcha por numerosos centros educativos, se podía constatar que la educación ambiental se reducía con demasiada frecuencia a trabajar determinados aspectos de las ciencias naturales y la ecología, o a conocer el entorno más cercano y los problemas ambientales clásicos (Martínez Huerta, 1996). La educación ambiental puede y debe ser una potente herramienta al servicio de la innovación y mejora educativa (Sureda, 1988). Desde esta perspectiva cobra especial relevancia el ambiente —físico, educativo y relacional— que ofrece la escuela, la clarificación de los valores que implícita o explícitamente transmitimos, las oportunidades que se brindan al alumnado para convertirse en sujeto activo de la comunidad, y el poder analizar, interpretar y valorar los acontecimientos que en ella se producen. Aspectos como la organización espacio-temporal, el consumo de recursos o las oportunidades que se ofrecen al alumnado para la toma de decisiones tienen mucho que decir en el modelo de educación ambiental en el que creemos, un modelo en consonancia con los fines de una educación integral, al servicio de la construcción de una ciudadanía activa y responsable. Con el objetivo de reflexionar y experimentar en torno a las posibilidades reales de avanzar en este camino, pusimos en marcha la propuesta de Escuelas ambientales.
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